Alicia en el País de Nunca Jamás

  • por

Taller literario – Escena 7

Alicia en el País de Nunca jamás

Por Ergonómico Hispania

—Peter, ¿dónde estoy? —preguntó al despertar una desorientada Alicia.
—¿Quién es Peter? —respondió un hombre de avanzada edad que la observaba atónito.
—¿Eres tú… Peter? —volvió a decir la niña, pasando el envés de su alba mano derecha por el rostro surcado de pliegues del anciano—. ¿Qué te ha pasado?—¿A mí? Nada —dijo el hombre de forma tajante, quitándose los lentes para limpiarlos…
«Sus ojos, esos ojos eran los mismos, estaba cansada de verlos. Cada noche, cuando caía sin fin por la madriguera, veía esos ojos… Los tenía el conejo que miraba angustiado su teléfono mientras contestaba los mensajes, también el sombrerero que tomaba su café de las seis en el Starbucks, aquella oruga azul que fumaba en el reservado del sótano también, e incluso la Yenni, la Drag Queen que no dejaba de hacer sudokus, jugando con una ristra de números y combinaciones»
—¿Qué te pasa jovencita? Pareces perdida —preguntó en esta ocasión el anciano, mientras intentaba recordar el nombre de aquella extraña muchacha—, ¿cómo has dicho que te llamas?
—Soy yo, Alicia, ¿no me recuerdas?
—Alicia… Alicia… No me suena ese nombre, es más, creo que jamás lo he escuchado.
La niña, cada vez que el hombre la ignoraba se sentía más pequeña, todo a su alrededor parecía crecer… incluso Peter.
—¿Tampoco recuerdas a Garfio?
—Soy demasiado viejo para tus juegos. ¿Me estás tomando el pelo? Dime cómo te llamas, por favor —Sus manos comenzaron  a realizar un ostentoso baile imposible de detener.
La puerta de la pequeña habitación se abrió. Entró el vivo retrato de aquel hombre, aunque con bastantes años menos, se acercó al anciano y le dijo:
—Tranquilízate papá, toma tu pastilla. Ana, deja descansar al abuelo, sabes que no le viene bien excitarse, venga vámonos ya, es tarde.
—Adiós abu —le dijo la chiquilla dándole un sonoro beso en la mejilla —, la semana que viene este— comentó sin apenas dar importancia mientras ponía entre las temblorosas manos de su abuelo un ejemplar de Moby Dick. Al salir, tomó de la mesilla de noche el ejemplar de Peter Pan que le dejó la semana anterior—, nos vemos el domingo —se despidió sin volver a mirarlo.
—Adiós papá.
—Adiós joven, y vuelva a traer a esa niña tan loca que lo acompaña… Me hace mucha gracia.
Padre e hija miraban desde la ventana del coche en dirección a la habitación del anciano, que cerraba las cortinas y apagaba la luz mientras decía…
—¿Has visto Campanilla? He conseguido engañar a Garfio y a su hija, nunca encontrarán nuestro tesoro.
Con lentitud, el anciano descendió del techo y se introdujo en la cama, mientras Campanilla rociaba su polvo de Hadas en el interior de su bombona de oxígeno.