El deseo marchito

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Taller literario – Escena 7

El deseo marchito

Por Dani

Caperucita Roja inundó sus mejillas de lágrimas saladas. La brisa gélida rozaba su piel tersa, su corazón estaba desesperado por descubrir la verdad y las sombras oscuras de la luna se filtraban a través de su cuerpo. Sentía una punzada en la profundidad de su alma, donde el sentimiento se había marchitado convirtiéndose en una pena constante. Sin embargo, la viva esperanza de olvidar el pasado todavía perduraba en su interior.
Solitaria y con la mirada cadavérica, Caperucita Roja se acomodó en el borde de la Fuente Cristalina, construida por los Príncipes Indios allá por el año 1890. Era una fuente espléndida, dorada, y el agua poseía una sutil transparencia que a ella le provocaba un placer exquisito. Se decía que lanzar una moneda al agua y pedir un deseo, este siempre se cumplía. Caperucita Roja, dolida y tristemente infortunada, nunca había creído en burdas sandeces. Tenía una clara razón: su sueño no había sido concedido. Necesito descubrir la verdad, una verdad enterrada en la opacidad de mi ser. Pero esta fuente no es mi ser, tan solo una mera fantasía que enajena mi realidad, pensó.

¿Por qué la vida era cruel con su personalidad bondadosa? Ella creía en los cuentos de hadas y en los deseos hasta que aquel amor le partió el corazón en pedazos de nostalgia. Todavía no había encontrado al hombre con el que vivir su afanosa existencia, su deseo debía haberse perdido en los rincones de la penumbra. Sí, su deseo marchito.

¿Algún día, en futuro muy lejano, acabaría por descubrir qué es el amor y por qué estaba escondido? Quizá nunca encuentre la respuesta. Y tan solo quedará en el recuerdo el rostro de su primer hombre mientras agonizaba entre sangre y dolor. ¿Dónde está mi amor?, pensó Caperucita Roja. Tenía los pómulos sonrojados, el alma herida y unas ansias atroces de cometer una imprudencia. ¿Y si la felicidad estaba en las puertas del cielo?