Maléfica

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Taller literario – Escena 7

Maléfica

Por U. Monserrat

En momentos como hoy, que todo a mi alrededor parece estar triste, incluso hasta las nubes se empeñan en llorar, es cuando florece la sensación de soledad. Siento el peso del vacío que me rodea desde pequeña, esa percepción que abarca cada poro de mi piel. Cada día que transcurre, me cuesta despojarme de la huella ya penetrada en lo más profundo de mi ser.Vago sin saber por el bosque, sin percibir las caricias que me ofrecen los arboles, ignorando la compañía de los animales. Centrada únicamente, en el malestar que se apodera de mi esencia. Intentando reprimir un llanto incontrolable y las convulsiones que consiguen desestabilizarme.

Sobre mi persona, precede la fama de mujer de hielo, que no hay nada en la faz de la tierra que trastoque mi helado corazón. No saben lo equivocados que están. Soy de carne y hueso, tengo corazón que dañar y sentimientos que traicionar.

Deambulo por la vida, en la más absoluta soledad. Protegida, por los álamos y animales del bosque. Escondida de un mundo cruel, que se obceca en culparme de la muerte de mis padres. Según la leyenda, con cinco años maté a mis progenitores con ayuda de ultratumba. Se empeñan en creer, en mis poderes sobrehumanos. Cuando la realidad, es que soy igual de frágil que una mariposa, a la cual, un leve toque puede dañar. Me vi despojada de mi protección, enseñándome la humanidad a sobrevivir en este mundo despiadado.

No he conocido la amistad. Tampoco, eso que algunos llaman amor hasta hace meses. Aunque tampoco estoy segura, que mis sentimientos sean los propios del enamoramiento. No he tenido guía en estos lares y ando un poco desorientada.

El chico en cuestión, es un desconocido con rasgos familiares recién llegado a la ciudad. Lo observo sin ser vista, aunque a decir verdad, nadie sabe que existo en las aulas. Los sujetos, hablan de mí sin ser conscientes que los escucho. Me llaman de forma despectiva Maléfica, la bruja malvada, por la historia que me precede y mis vestimentas oscuras.

Con sumo cuidado para no dañarlo, recuesto mi cuerpo sobre el tronco del árbol, los suspiros siguen sin cesar. La imagen de Estéfano en el descanso entre clases, sigue grabada a fuego en mi visión. Sus dañinas palabras, aun resuenan como un eco sin fin sobre mis oídos. Entierro la cabeza entre las piernas, deseando hacerme pequeña, invisible, lo que sea para no sufrir más.

— ¿Por qué lloras, Maléfica? – esa voz me es conocida. Alzo la mirada despacio, observándolo sin prisas.
Su mirada negra escudriña hasta lo más profundo de mi ser, ocasionando el ya conocido revoloteo de mariposas en el estomago. Pronto recuerdo lo que me ha dañado, él. Le devuelvo la mirada con dureza, escondiendo la sensación de amor que siento, no deseo que me lastime más y si descubre mis sentimientos lo hará.

No desvía la mirada, esta esperando una respuesta que no estoy dispuesta a ofrecer —. Layla – replico en un hilo de voz.

— ¿Qué?

— Me llamo Layla, no Maléfica – respondo desviando la mirada. Dándole a entender que no deseo continuar.
Mil preguntas, se agolpan en mi maltrecha cabeza. ¿Por qué esta aquí? ¿Cómo conoce mi lugar secreto si nadie vaga por este lado del bosque? Y un sin fin más, que se quedarán sin respuesta. Regreso a mi posición fetal, ignorando su presencia.

Noto el calor que desprende su cuerpo, al situarse junto al mío. Su mano, acaricia de forma suave mi espalda,  me invade una sensación familiar, por ello, no la rechazo y me dejo hacer.

Usa un tono cálido al hablarme —. Sé, tu nombre – lo miro sin entender. Si lo conoce,   ¿ por qué se empeña en tildarme con ese apelativo que tanto odio? —. Has cambiado mucho desde la última vez, aunque de tus ojos violetas jamás me olvidé.

Nuestras miradas  se cruzan, aprovecha el momento para acariciarme la mejilla con sus suaves dedos. Instintivamente desvío la cara, aun estoy dolida pero también confundida.

Mi confusión lo hace hablar —. ¿No me recuerdas, verdad? – niego sin hablar —. Estuve dos años tirándote del pelo en el orfanato para llamar tu atención, creo que nunca logré conseguirlo.

La imagen del chico desgarbado molesto, llega a mi memoria. Sus provocaciones, conseguían que cada noche me sumiera en el sueño debido al llanto. Escudriño sus facciones, es tal el cambio que no lo reconocí la primera vez que lo vi —. ¿Por qué lo hacías?

— Estaba enamorado de ti, pero no sabía como llegar hasta ti – responde posando sus cálidos labios sobre los míos.

Mantenemos unidas nuestras bocas un breve espacio de tiempo —. ¿Por qué llorabas?

Ladeo la mirada antes de responder —. Por ti – noto tensión sobre su cuerpo —. Tus palabras en referencia a mí, me han dolido.

— No hablaba de ti, si no de la cuidadora del nuevo orfanato – acaricia mi muslo para que le preste atención —. Jamás, hablaría mal de la chica de la que estoy enamorado tantos años.

La tarde la dedicamos a ponernos al día, entre caricia y caricia se nos hace de noche. Ambos debemos regresar a nuestros respectivos hospicios, en la puerta de mi hogar me regala un beso.

— ¿No temes que sea verdad lo que se dice de mí? – deseo saber una vez finalizado otro suave beso.
Su mirada trastoca lo más profundo de mi alma —. Nunca me dejo guiar por comentarios ajenos.

Conforme pasan los meses, las caricias de Estéfano van recomponiendo mi corazón, sacándolo de la oscuridad en la que se ha visto sumido durante tantos años.